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Veinte centavos

Vivía en una familia devota y temerosa de Dios, normal y como todas las familias del pueblo. Recordé cuando mi mamá nos llevaba de paseo a casa de un cura. Su amigo. Se conocieron desde que estaba en el seminario. Lo apoyaron mucho, sobre todo las familias campesinas y pobres del barrio. Esta vez ya era sacerdote. En casa de sus padres, también campesinos, típica de rancho, constaba dos cuartos, divididos por un pasillo desde la entrada hasta el corral, un amplio patio con arboles frutales, guajolotes y gallinas. Nos quedamos todo el día. Por la tarde celebró una misa en el templo a la que todos asistimos. Regresamos y mis papas platicaban de cosas de adultos, para mi era muy aburrido. El prestigio de ser amigos del padre es casi un boleto gratis al cielo, oración 24/7 y un servicio directo con Dios. Este día pasó un hecho que puede ser revelador en la apreciación con el amigo de mi madre. Tenia siete años. Me llamó mucho la atención ver un montón de dinero en la cama donde estab...

Atisbos del Corazón.

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¡Azul! No sé qué color… Cada mañana se torna oscura; mis oblicuidades, todas, están opacas. Mi cuerpo en constante tensión, el ruido mundanal ha tronado mis sentidos. La sensación de mediocridad corre por mis venas. Vomito constantemente. Soledad, prisión y desilusión adornan mi cuarto, no sé cuánto tiempo serán mis compañeros. ¿Amargura? Lo dulce solo se saborea cuando la hartura contrasta con lo amargo. Muero a cada instante dejando hedor por doquier. La libertad que poseo no deja que vea la luz por la ventana; libertad condicionada, atrapada en la locura y sobriedad; por la comodidad y el encanto… ¡qué pesadez! Mis ideas están sumidas y atrapadas, no salen. Atrofiado, atascado de vida en honda muerte. No hay claridad: sombra, muerte, nada. Aquí solo huele a podredumbre ¿qué más? Amargura sin límite: ¡Saboread! Que hay hasta saciar.

Lo otro que yo

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¿Cómo reconocerme a “mí mismo” cuando en mí hay otros tan presentes como yo? Yo, soy lo otro, el otro, lo diverso y semejante. Aquello que no reconocí y que no quiero ser, que niego. Yo soy todo y nada de las personas con que he interactuado. ¿Cómo no reconocerme? ¿Cómo no conocerme? ¿Cómo no conocer aquello de lo que fui, de lo que soy? Toda esta brutal insatisfacción, falta de espacio, de suerte: aglomeración, conglomeración, multitud, masa. La lucha por el reconocimiento, pero por sobre todo, la lucha por mi lugar en la masa. Aquél en el que me reconocí, reclama mi lugar, mi posición, mi circunstancia. No hay nada seguro. El espacio que propone la demografía no existe, es ficticio. No es egoísmo. Amanecí y todo estaba lleno, ocupado. Hace falta espacio, espacio que me han quitado, como rapazmente lo he quitado. Masa, legión, número, así nos llaman. La catástrofe es masiva, pero ni con la defunción de miles de personas encuentro mi lugar; todo ya está vivido, acotado a un guion...