Mente obtusa La espiral se va haciendo infinita, cada paso pareciera el mismo que precedió como un GIF ad infinitum. Laberintos que lleva al mismo lugar, caminos que topan con reminiscencias y experiencias ya vividas. Así es una mente obtusa, ególatra por principio que, aferrada con tentáculos multicolor, se adhiere y conecta a la conciencia, sin antelación, sin presentación. El tiempo petrifica las conexiones, como cuando se endurece el cemento bajo el sol. A veces cuesta trabajo respirar. A veces la repetición de eventos obliga la parálisis, al entumecimiento de todas las extremidades. Petrificadas, duelen. Entre la inmovilidad y la succión de forma simultánea intensifican el dolor directo en la conciencia. Técnica sutil, imperceptible, evanescente pero no menos real y punzante. Incisivo, sistemático ataca las neuronas, adormece y despierta, como la anestesia donde intervienen con artefactos puntiagudos para cortar, separar, desprender, causar dolor. Dolor de apego, petrifica...
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Atisbos del Corazón.
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¡Azul! No sé qué color… Cada mañana se torna oscura; mis oblicuidades, todas, están opacas. Mi cuerpo en constante tensión, el ruido mundanal ha tronado mis sentidos. La sensación de mediocridad corre por mis venas. Vomito constantemente. Soledad, prisión y desilusión adornan mi cuarto, no sé cuánto tiempo serán mis compañeros. ¿Amargura? Lo dulce solo se saborea cuando la hartura contrasta con lo amargo. Muero a cada instante dejando hedor por doquier. La libertad que poseo no deja que vea la luz por la ventana; libertad condicionada, atrapada en la locura y sobriedad; por la comodidad y el encanto… ¡qué pesadez! Mis ideas están sumidas y atrapadas, no salen. Atrofiado, atascado de vida en honda muerte. No hay claridad: sombra, muerte, nada. Aquí solo huele a podredumbre ¿qué más? Amargura sin límite: ¡Saboread! Que hay hasta saciar.
Diáfana espera
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Esperar, esperar, ... que pronto la desesperación se vuelca en calma. Hay cosas que no he captado su existencia o al menos, aún no he aprehendido su sentido. Con la espera no se gana nada, se adquiere experiencia en los sentidos, para ver pasar el mundo de “otros” o de “Aquel Otro”. La espera engendra un tipo de visión acorazada, vuelto común, que ya no permite saborear la amarga desesperanza. Pasa el tiempo, diáfana faena, como “otro”, oblicua soledad impenetrable. La espera engendra conocimiento, aquel muy sabio: “las perlas no se echan a los puercos”. Emana un brillo tenue, grisáceo, suave que no le es propio y resplandece gracias a un brillo mejor: el de una recompensa o el de una profecía. El tiempo, transcurrido en mi presencia me devela en la esencia de las cosas, como si lo “otro” fuera muy parecido a mí, como si le reclamara en mis acciones. Mi condición también se desnuda a sabiendas de que no hay nada que temer en mi oscura soledad. Busco un punto acorazado, a...