Asalto a la memoria Con ansias camino de querer encontrarte. Me niego, niego con razón, olvido. Escondido, discreto: me asalta el recuerdo , la memoria te oculta. Así pequeño y escondido como el niño sorprendido en la masa. Así, en el olvido, te vi lábil y atrevido. ¡Quise gritarte y actualizarte! Pero en la distancia abismal reconocí esa pequeñez. Así te dejé lábil y nimiecido, inmóvil y pensativo. Así te olvidé como la hierba consumida por el sol, el invierno y el camino recorrido. @muelcoco
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Club de verano
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Las vacaciones escolares coinciden con el verano y el temporal de lluvias. Todo enverdece, matorrales altos en las praderas alejadas al pueblo, por los ríos corre el agua que escurre de los cerros. Eran de un periodo corto, que luego tornasen amarillos. Desde aquella casa se observan las praderas multicolor florecer y en un suspiro desaparecer. Allí reinaba la juventud y la pobreza de costumbres. El cielo estaba todo azul, el sol muy ardiente. Las moscas tenían reflejos verdes y zumbaban, tarareando cálidas canciones. En el cielo trinaban pájaros de diferentes colores sin cesar. Lo más divertido era que no teníamos que ir a la escuela, porque siempre tenía prioridad, además del trabajo familiar. Las expediciones para conocer lugares insólitos no se hacían esperar, sobre todo los prohibidos. En la cuadra había dos clubes de Toby organizados por edades. El club del Llano, así le llamaban al club de los adultos; jovenes expertos, enseñaban y tutoraban en el mundo de las artimañas, le...
Después de la lluvia
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Se oye caer la noche y con ella el chirrido de las ranas. Polifonía oblicua: cercas, lejos, al lado, allá. Unos sonidos son diálogos, otros melodías. El frescor de la noche: agradecimiento, oración, canto... era aquella sinfonía nocturna en clave de ranas, de luciérnagas y de grillos. Apartado y lejano de mi infancia, polífonos sonidos imperceptibles. Agobiado por la carga cotidiana me olvidé de este espectáculo nocturno. La ciudad no solo tapa las estrellas, también mis sentidos para no experimentarme y borra el acceso a la memoria del lugar donde crecí. Hoy... pude reconocer estos sonidos en mi interior. El sonido de polifónico de diversos animales estaba en el pentagrama negruzco de la noche. Me conectaba con aquellos días de lluvia, con aquel lugar de chirridos y de música de ranas.
Oda al recuerdo de un guamúchil
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Me criaste entre tus ramas, de tus frutos primaverales me servía, no sólo de tu sombra y abrigo. Aquella infancia eterna, como tú: fuerte, lozano, frondoso… Eras tú, majestuoso árbol, quien me conectaba con el mundo de la imaginación . ¡Te recuerdo, oh guamúchil! Como a mi infancia lejana, crisálida y sombría. ¡Como...! Como una parte de mí. ¿Era yo..., eras tú..., tus frutos? Era…, me invade la nostalgia. T u abrigo se perdió en la negrura y espesura de la noche. Te veo en la distancia, lejano de mí, incierto, inmóvil. Ya no me llamas ni por tus ramas ni por tus frutos . Samuel Hernández Vázquez
Pensamientos de una niña
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C reo que las flores hablan, y a veces las nubes juegan, que el viento les dice cosas gratas y viene a charlar con ellas. Creo que el sol canta, y sale a dar un paseo con su auriga dorada, que toca todo mientras pasa, con desdén marchita y con ternura abraza. Creo que la luna nos atrae con su fuerza de plata; que arranca suavemente, con movimiento dulce y sereno, la oscuridad triste, frívola y solitaria. Creo que los arboles con raíces eternas comunican a la tierra el trajín del día, que le cuentan bellas melodías, mientras los días pasan. Creo que los pájaros envueltos en papel, alegran el cielo con sus colores, que envidio sus bellas alas; sueño lejos volar con el corazón y mis amores. Creo que Dios no me quita su mirada, ni la de estos bellos paisajes; que los ángeles alegres vuelven, con maravillas del hombre amante. Josefina Lozano Díaz Samuel Hernández
Monologo de Hamlet
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Comparto este monólogo de Hamlet de William Shakespeare, que va en conjunto con el monólogo de Segismundo de Calderon de la Barca. Obras contemporáneas. Hamlet: ¡Ser, o no ser, es la cuestión!—¿Qué debe más dignamente optar el alma noble entre sufrir de la fortuna impía el porfiador rigor, o rebelarse contra un mar de desdichas, y afrontándolo desaparecer con ellas? Morir, dormir, no despertar más nunca, poder decir todo acabó; en un sueño sepultar para siempre los dolores del corazón, los mil y mil quebrantos que heredó nuestra carne, ¡quién no ansiara concluir así! Morir... quedar dormidos... Dormir... tal vez soñar!—¡Ay! allí hay algo que detiene al mejor. Cuando del mundo no percibamos ni un rumor, ¡qué sueños vendrán en ese sueño de la muerte! Eso es, eso es lo que hace el infortunio planta de larga vida. ¿Quién querría sufrir del tiempo el implacable azote, del fuerte la injusticia, del soberbio el áspero desdén, las ...