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Olvido

Cómo después de haber sido dices llenarlo de olvido y figurar que nada pasó. Yo te grito al oído que: no olvido lo vivido y que tu estampa en mi penetró. Lo que nunca me haya acontecido contigo digo haberlo sentido y que nunca se desvaneció. Mi amor nada empobrecido lo desprendo enardecido y dices: ¡Terminó! Elevaste el amor mío, no espero nada ni tu descuido, cuando tú fuiste, todo inició. Samuel Hernández vázquez 

Lo otro que yo

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¿Cómo reconocerme a “mí mismo” cuando en mí hay otros tan presentes como yo? Yo, soy lo otro, el otro, lo diverso y semejante. Aquello que no reconocí y que no quiero ser, que niego. Yo soy todo y nada de las personas con que he interactuado. ¿Cómo no reconocerme? ¿Cómo no conocerme? ¿Cómo no conocer aquello de lo que fui, de lo que soy? Toda esta brutal insatisfacción, falta de espacio, de suerte: aglomeración, conglomeración, multitud, masa. La lucha por el reconocimiento, pero por sobre todo, la lucha por mi lugar en la masa. Aquél en el que me reconocí, reclama mi lugar, mi posición, mi circunstancia. No hay nada seguro. El espacio que propone la demografía no existe, es ficticio. No es egoísmo. Amanecí y todo estaba lleno, ocupado. Hace falta espacio, espacio que me han quitado, como rapazmente lo he quitado. Masa, legión, número, así nos llaman. La catástrofe es masiva, pero ni con la defunción de miles de personas encuentro mi lugar; todo ya está vivido, acotado a un guion...