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Veinte centavos

Vivía en una familia devota y temerosa de Dios, normal y como todas las familias del pueblo. Recordé cuando mi mamá nos llevaba de paseo a casa de un cura. Su amigo. Se conocieron desde que estaba en el seminario. Lo apoyaron mucho, sobre todo las familias campesinas y pobres del barrio. Esta vez ya era sacerdote. En casa de sus padres, también campesinos, típica de rancho, constaba dos cuartos, divididos por un pasillo desde la entrada hasta el corral, un amplio patio con arboles frutales, guajolotes y gallinas. Nos quedamos todo el día. Por la tarde celebró una misa en el templo a la que todos asistimos. Regresamos y mis papas platicaban de cosas de adultos, para mi era muy aburrido. El prestigio de ser amigos del padre es casi un boleto gratis al cielo, oración 24/7 y un servicio directo con Dios. Este día pasó un hecho que puede ser revelador en la apreciación con el amigo de mi madre. Tenia siete años. Me llamó mucho la atención ver un montón de dinero en la cama donde estab...

Incidencia

Tantas cosas que plasmar y algunas de ellas frivolidades. En el mucho hablar no faltará pecado y mis impresiones son tan subjetivas y egoístas como las de cualquier niño. Trato de buscar en las cosas el lado bueno y a veces busco su sentido. Aquellos infortunios y problemas, aquellas dificultades como la muerte y la vida. La vida azarosa llena de obstáculos, tristezas, decepciones que algunos afectan y a otros ayudan. Infortunios e infelicidad de no gozar el objeto de deseo. La muerte que nos quita por completo la existencia. La poesía cuenta lo que el hombre en verdad es, su tragedia, su drama: ese sentido oculto por la vida, por los dioses, por el destino; su menesterosidad e indigencia. Ni los dioses responden a tanta insistencia. “Zeus: ¡Oh dioses! ¡De qué modo culpan los mortales a los númenes! Dicen que las cosas malas vienen de nosotros, y son ellos quienes se atraen con sus locuras infortunios no decretados por el destino” (Homero, La Ilíada). Samuel Hernández Vázquez